Tláloc, Dios de la Lluvia

Tláloc, Dios de la Lluvia

En la mitología mexicana, Tláloc, también llamado Tlalocatecutli, era el dios de la lluvia y el cielo, algunos también lo identifican como dios del rayo. Regía las nubes, los rayos, los relámpagos, los truenos y la estación de lluvia. Su nombre proviene de tlālli que significa «tierra» y de octli, que quiere decir «néctar», es decir: «el néctar de la tierra»; otras fuentes señala que el nombre significa «el que hace brotar». Dentro del panteón mesoamericano Tláloc era uno de los dioses más importantes y venerados –quizá sólo superado por Quetzalcóatl–, debido a que, al regir sobre el agua, era también el responsable de la fertilidad y las cosechas.

Por un lado, era visto como un dios benevolente al proporcionar la lluvia que regaría las tierras de las cuales brotarían las cosechas; por otro lado, también podía ser un dios destructivo cuando llegaba a enviar fuertes tormentas que destruían todo a su paso o cuando había sequías o heladas que arruinaban las cosechas. 

Tláloc era uno de los hijos de los dioses primigenios Ometecuhtli (señor) y Omecihuatl (señora), de ahí que sea uno de los dioses más antiguos, los otros eran: Huitzilopochtli (dios de la guerra), Quetzalcóatl (la Serpiente Emplumada), Tezcatlipoca (el Espejo Humeante), Xipe Totec (dios de la primavera) y Xiuhtecuchtli (personificación de la vida después de la muerte). 

Tlaloc vivía en el Tlalocan, una especie de mundo subacuático al que iban los espíritus de las personas cuya muerte había estado relacionada con el agua, como un rayo, hidropesía, gota, etc. Además de Tlaloc estaban los Tlalocas, que eran dioses secundarios o ayudantes, todos ellos hijos de Tlaloc y la diosa Chalchiuhtlicue.

Ritual a Tláloc para invocar la lluvia

Cuando se avecinaba la temporada de lluvias se festejaba el Atlcahualo, entre el 12 de febrero y el 2 de marzo, donde se le  hacían ofrendas con semillas, frutas y distintas legumbres, pero también se escogía de entre las familias nobles a niños de 3 a 4 años para ofrecerlos en sacrificio y asegurar que la cosecha fuera buena. Los niños eran vestidos lujosamente y se los llevaba a las cimas de las montañas sagradas donde un sacerdote arrancaba sus corazones. Los antiguos mexicanos creían que si estos niños lloraban durante el camino, estas lágrimas eran augurio de lluvias abundantes. 

Más adelante, del 24 de marzo al 11 de abril, se realizaba el Tozoztontli en el que se ofrecían nuevos sacrificios, pero en esta ocasión se elegían a niños de familias plebeyas y se les llevaba a cuevas.

Por último, entre el 9 y el 28 de diciembre también estaba dedicado a Tláloc. Se elaboraban estatuas de amaranto, a las que se adoraba y se les ofrecía comida. Después se simulaba un sacrificio en el que abrían su pecho y arrancaban el corazón que, junto con el resto del cuerpo, servían de alimento. 

No es de sorprender que el legado de Tláloc haya llegado hasta nuestros días y, en broma o en serio, muchas personas siguen invocándolo –desde luego ya sin sacrificios humanos o de animales– para que traiga abundantes lluvias durante la época de siembra y, más recientemente, para apagar incendios, limpiar ciudades contaminadas o en contingencia por mala calidad del aire. Sin embargo, lo de enterrar un cuchillo en la tierra o en una maceta nada tiene que ver con los rituales precolombinos y, de hecho, es una superstición que se ha tergiversado pues antiguamente enterrar cuchillos se hacía con la finalidad de que dejara de llover. 

Obras consultadas:

  • Balasch, Enric; Ruiz, Yolanda. Diccionario de mitología universal. México : Tikal, 2004.
  • Diccionario de la mitología mundial. Madrid : EDAF, 1984.
  • Wikipedia.

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