“Ondina” de Friedrich de la Motte

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A continuación, les compartimos Undine, mejor conocida en español como Historia de una Ondina, escrita por el alemán Friedrich Heinrich Karl de la Motte, Barón Fouqué.

Undine fue publicada en 1811, traducido al inglés por vez primera en 1818. La traducción que aquí presentamos es la que aparece en El gran compendio de las criaturas fantásticas. Barcelona, España : Círculo Latino.

Hubo una ondina. Se llamaba Prathé. Sus cabellos largos y húmedos estaban extendidos sobre la hierba. Con sus largos dedos se peinaba pensativa. De ese simple acto dependieron su amor, su destino y la suerte de un príncipe de los hombres. El hombre la vio y se enamoró de ella. Entonces era extraordinariamente fácil enamorarse. Ella reía en sus brazos. La reina del lago, monarca de las ondinas y de las aguas profundas, dio su consentimiento a la boda.

Las ondinas no tienen alma humana. Su existencia transcurre feliz en el fondo del lago, en una eterna edad de inocencia. Su raza no sabe del pecado ni del Bien ni del Mal. Pero al unirse a un hombre, a Prathé le fue otorgada un alma humana. La unión tenía como condición, impuesta por la Reina del Lago, que se rompería ante la infidelidad del príncipe. La Reina, de rostro joven, pero muy anciana, conocía el corazón humano. No tenía dudas que recuperaría a la ondina de esa forma. El príncipe no tardó en darle la razón. La tentación llegó en forma de una dama de la corte. Y Prathé y su alma humana con su nueva sensibilidad, con su cambiando corazón, llorando retornó al lago. Amaba a ese hombre y nunca volvería a ser una ondina como las otras, sus hermanas.

El hombre amaba a la ondina. Arrepentido fue a la orilla del lago. — Prathé —llamó—, perdóname. Pagaré el precio que sea para tenerte conmigo.

La ondina (sus cabellos de agua, sus ojos de agua) surgió en un remolino y le habló así: —Hombre, por tu amor corres peligro de muerte.Él sólo pudo desear y amar más a la ondina, aunque sabía que era cierto y que su vida corría peligro. —No quiero separarme de ti – susurró el hombre.

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No llegó a ver las lágrimas en el rostro de la ondina. Ella lo atrajo hacia si, le dio el beso final y lo hundió en las aguas. Un remolino y el cuerpo de la amada fueron la mortaja del príncipe.

(vía Ares Cronida).

Un comentario
  1. mauricio psy
    marzo 31, 2011 | Responder

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